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lunes, 11 de abril de 2011

EL MAESTRO



El Maestro es al asombro ante el estilar de la Belleza, es sólo el Ser que se desnuda, permaneciendo en el espacio abierto, en el no-espacio y en el no-tiempo al interior-exterior del Silencio arropado por las nubes de la Nada, empapado en las verdades de la Inteligencia Pura.

El Maestro es el que comprende la Vacuidad y quién flamea la Transparencia.

Es quién entiende –no desde el mental- que es la permanencia –absoluta- del Vacío y del Silencio.

El Maestro está mareado de Eternidad, de sabiduría tacita, factual; y reconoce que no existe la Identidad ni el Yo desde el cual en algún momento ha percibido.

Ha sido despolarizado en el transcurso de las experiencias.

El Maestro se ha bajado de la Historia después de haber buceado en la intrascendencia del no-ser.

El verdadero Maestro desaparece del Tiempo, Es en la fusión del perceptor y lo percibido, no se identifica, suelta, muere a las experiencias; es su única muerte: el dejar ir.

El Maestro ha comenzado ha traspasar lo humano hacia la pureza de lo real. Ha comenzado a vivir más allá del Cosmos, más allá de las destrezas de lo efímero, más allá de los cauces de lo banal.

En el Maestro ha desparecido –o ha sido amplificado- lo humano aunque sigue cantando al interior de la Tierra. Su canto es el Canto Insondable. La vastedad en su mirada sin sangre, intocable por los sucesos. Es la Belleza misma, es la Libertad en un corazón trascendido, el absoluto de la Conciencia. Las voces del Maestro son anónimas, Nadie habla. El Maestro no tiene Identidad ni sangra. Es la Luz del viento que recorre los sauces y las cortezas húmedas de los coigüe, es un arrabal humeante en los pastizales, un humedal de la Belleza de la Tierra, ojos de agua dulce en las cumbres de los universos, fondos de arrecifes vivos, peces acuareleados en las ondas incesantes.

El Maestro es en el Espíritu perenne: su hogar sin paredes. El Maestro se desnuda al interior del corazón, en sus ausencias de límites, ahí trascendió la separación de lo orgánico. Ahí comenzó a estilar en el Súmmum que está más allá de lo herido.

La Libertad es el asombro que recorre sus venas, sin deseos, que son un coral flameando más allá de un cosmos viviente. El Cosmos desaparece en la Conciencia.

El Maestro es La Música, impregnando cada árbol y el pasto y el reflotar de los témpanos, imprimando la musicalidad de los torrentes, la delicadeza de la brizna y la humedad en el lomo de los animales. Es la Naturaleza la que ama y expande. Ese es el Maestro. El Amor Imperante. En el hondor fluvial bajo las alas del águila, la vida pulsando en las rocas.

Es el Azul en los piélagos. No fue fácil para el Maestro, los vientos arrasaban las islas, los otoños levantaban los amarillos.

El Maestro realizó lo improbable. Es el ser resucitado desde el Canto de los Sueños, desde lo indomable de los amaneceres arcanos. Hoy habita en el timbre del Canto del Universo y del Canto de la Tierra a la vez; allá navega sobre la luz de las inmersiones. Los ocasos perdieron el sentido en su carne venida de estrellas. Su carnalidad hoy se pacifica y enciende como veleros entre los rojos agotados. Hoy esta ardiendo en los fuegos de los cielos y las fogatas terrenales en el sólo instante. Para los puntos cardinales este ser esta muerto, en la densidad ha desaparecido y su cuerpo es de viento; hoy ha sido enterrado al interior de los vientos. Es espectral para los ojos antiguos. Nadie lo ve en la tierra de las terrazas de piedra, en el polvo, en el paradigma anterior. Y aparece irredento en los paisajes trasparentes de una tierra nueva, cristalizado sobre la luz y con una voz nueva, amplia, soberana, sobre la Paz, cantado, desprendido, bello y de nubes de luz, en otros rangos, sin dolor y sin miedo, desnudo, empapado. El Maestro alumbra en los tonos de la nueva música: un corpiño de un seno magnifico, esplendente, como el de los cuerpos de las nuevas mujeres que aparecen sobre las playas o rodeadas en bosques. Desnudo. Inflamado. Potente.

Un día quemado en las hogueras de la muerte, como una bruja en las fosas de los otoños, en el medioevo del tiempo. Hoy perdido en la Belleza, fundido a la Libertad. Hermoso. Desnudo en la Conciencia. Puro. Indeleble.

Aquí en la Música navega en los pechos de los cisnes. (Y un día nadie le creyó). Hoy vuela en las madreselvas, en las nalcas a la orilla de las cortezas. Es un viviente. Lo virtual lo disimulaba, lo hacia invisible entre sus hermanos de sangre. No estaba. Nunca estuvo en las personalidades, era una abstracción de viento en el viejo paradigma. Siempre fue la Nada. Estuvo vacío de simismo. Vacío de Yo. Era el Vacío, lo Es, en el Ahora más profundo donde los canales ya no sueñan y se esparcen leves en el ritmo. El Maestro es una montaña de aves que navegan en los ríos del cielo y en los ríos terrenales. No hay nubes ni acantilados ni barrancos, no hay musgos ni hongos, ni florecimientos. Es la Verdad de lo esencial. Las esencias poderosas y perpetuas. El abrazo de la nueva Madre Tierra. Es Gaia la que canta. Es el Canto de la Belleza. Aquí esta el hombre Desnudo.

La Presencia desvaneciendo los límites imaginarios en aquellos ahora innombrables. Sus reflejos briosos en lo ígneo, cabalgaduras al viento más allá de los fractales. El Ser sólo el Ser rotundo en la plenitud de la belleza, la Majestad del Aire.




Por Roberto Maruri Ampuero

10 de Abril. 2011

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